"El pensamiento claro no nos basta, nos da un mundo usado hasta el agotamiento. Lo que es claro es lo que nos es inmediatamente accesible, pero lo inmediatamente accesible es la simple apariencia de la vida." antonin artaud.
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viernes, 11 de enero de 2013

la causa de los locos, por ana pereira


                                     


La causa de los locos



Uno de los legados más duros, de las marcas más profundas del iluminismo moderno en nuestras mentes es la creencia y la sobrevaloración cuasi religiosas en la razón humana. Desde esa base se nos aparece como lo más extraño la falta de razón, la enfermedad mental, la discapacidad mental. El "loco", el "tonto" asustan porque es frustrante para nosotros comunicarnos con ellos, porque su comportamiento no se puede predecir (como si el de los "cuerdos" se pudiera...) La locura y la discapacidad mental nos enfrenta al límite de nuestra propia racionalidad, y eso asusta: están demasiado lejos o demasiado cerca de nosotros de lo que podemos tolerar. Entonces levantamos barreras: la idea del loco peligroso y la idea de escisión radical entre locura y cordura.
Aún hoy cuando se habla de desmanicomialización o aún ante el riesgo de cierre del Borda muchas personas piensan en el “peligro” que supone que “esa gente” esté en la calle, pero no para ellos, sino para “nosotros”, los “normales”.
Harta de producciones hollywoodenses sobre asesinos psicópatas con doble personalidad le dije a alguien una vez, a la salida del cine “prefiero las películas de fantasmas”, a lo cual esa persona (quien era, justamente, psicóloga y psiquiatra) me dijo: “¿Qué, vos creés en fantasmas?” y yo le respondí: “¿Y qué, vos creés en los asesinos psicópatas con doble personalidad?”. Silencio en la sala.

 Aunque la modernidad se ha encargado de diferenciar  “locura” de “maldad” y definir para cada cual un destino diverso (para los “locos”, el tratamiento; para los “malos”, la punición), las explicaciones causales y los efectos de los etiquetamientos continúan confundidos: quien delinque ingresa en una red científico-burocrática que intentará mostrar, como prueba de su culpa, el “trastorno” del que padece, causa última de su accionar. Cualquier acto o palabra se constituyen, a partir de allí, en prueba de culpa y demostración de anormalidad. El sentido común repite esto hasta el cansancio, sobre todo ante crímenes horrorosos: quien es malvado es enfermo, sin aclarar muy bien si debe asumirse o no que la afirmación inversa también es verdadera.
Algo no muy distinto ocurre con el “loco”, el cual pierde inmediatamente, por su condición de tal, el estatuto de ciudadano y aún el de “persona” y cualquier palabra o acto suyo no hará sino demostrar su condición de enfermo. El enfermo mental, a diferencia del enfermo físico, queda sometido en forma total al poder decisional de otros, es el objeto de un poder absoluto.
En su famoso estudio del año 1972, publicado en la revista Science bajo el título: “Sobre estar sano en un medio enfermo”, Rosenhan demostró cómo ocho “falsos pacientes” fueron “plantados” en diversos centros de salud mental sin ser detectados por los profesionales que allí trabajaban. Sólo fue detectado uno, los otros siete relataron (incluso algunos tomaron nota frente al personal de los institutos sin que esto pareciera sospechoso) situaciones de maltrato, despersonalización y patologización: todo lo que decían parecía “demostrar” su locura para sus captores… quise decir: “cuidadores”.
Terminado el experimento, los falsos pacientes fueron dados de alta como “esquizofrénicos en remisión”. Jamás se reconoció el engaño y que esas personas jamás padecieron dicho trastorno. En una segunda prueba utilizada como control, los profesionales de la salud (psicólogos, psiquiatras y enfermeros) ya conocían el primer experimento y detectaron 41 falsos pacientes cuando el equipo de Rosenhan había introducido… ninguno.

También al loco se lo encierra, pero a diferencia del criminal, por tiempo indeterminado. Su egreso depende también de un poder externo: el poder psiquiátrico. Se lo encierra por su presunta “peligrosidad para sí y para terceros” y demostrar que ya no se es peligroso debe ser bastante complicado… Delito y locura siguen siendo conceptualizadas como dos caras de una misma moneda. El criminal es loco; el loco, potencial criminal.
El “loco” es el peligro, no quien lo padece. Franklin Guarachi Tola, Leandro Muñoz y David Díaz estaban encerrados en las celdas acolchadas y sin ventilación en las que los pusieron para cuidarlos del “peligro para sí y para terceros” que suponían según los psiquiatras responsables de su internación. Ambos fallecieron en incendios desatados en un Hospital Borda que se cae a pedazos, literalmente. Ellos representan apenas los tres ejemplos menos afortunados de la sistemática violación a los derechos humanos de los internos e internas en centros de “salud” mental. Nadie reclama por ellos. No son Mariano o Cristian Ferreyra, no son Adrián Rodríguez, Jeremías Trasante y Claudio Suárez; no son Candela Rodriguez; no son la familia Pomar; no son Cassandre Bouvier y Houria Moummi; no son Celestina Jara y Lila Coyipe: ni la muerte los sacó de su anonimato. A lo sumo los nombraron para echar tierra sobre el Gobierno de la Ciudad resepcto de la situación del Borda o para reclamar la implementación de la Ley de Salud Mental que viene llegando ya hace años con su paso tan audaz.
Un caso aparte es el de Matías Carbonell (quien según mi hipótesis, sufrió tortura seguida de muerte por denunciar los maltratos que padecen los internos del Borda), sobre quien escribiré una nota en extenso en otro momento…

 Si el loco es peligroso y el peligroso es loco, es fácil diferenciarlos a “ellos” de “nosotros”: “ellos” son los malos y nosotros, los “buenos”. Lo que les acontece a ellos, tan lejanos, no me concierne. Parte de la literatura especializada no hace sino reforzar esta idea: “no se vuelve loco el que quiere, sino el que puede”, le dicen los psicólogos a sus pacientes angustiados con una palmadita en el hombro: el muro entre una “estructura” psicopatológica y otra (porque todas las “estructuras” psíquicas son, para algunas teorías, patológicas) es de concreto. Algunos se rinden ante la evidencia de que hay rajaduras en el muro y proponen la existencia de casos límites y mixtos.
Otros proponen directamente cortar por lo sano: no hay estructuras, no hay enfermedades, hay “sindromes” (conjunto de síntomas) que constituyen trastornos de carácter temporal (uno de los criterios diagnósticos propuestos por el DSM es el tiempo de padecimiento de los síntomas) Pero no estamos ante la aurora de la superación de la radical diferenciación entre “locura” y “normalidad” y el consecuente fin de la discriminación y la segregación social. Por el contrario, estamos en la cumbre de la empresa biopolítica moderna: la psicopatologización de la vida cotidiana.
No se trata de que, dado que no existen enfermedades, entonces no hay sanos ni hay enfermos sino diversas formas de ver, de ser, de pensar. Al contrario: no hay enfermedades sino diversas formas de patologías y mayores o menores grados de las mismas. No se trata de que “el loco” peligroso, incomprensible, no existe, sino de que todos estamos, en algún punto, enfermos. No se trata de la abolición de la norma, sino de una norma cada vez más excluyente.
¿Pero, entonces, por qué esto es una “barrera” ante el horror de la locura, si estamos “en un mismo lodo, todos manoseaos”? Porque la barrera se ha vuelto moral: loco es el que está loco y jode; “cuerdo” es el loco lindo, el que puede continuar amando y trabajando, como dijera Freud. Cuerdo es el loco controlado. Cuerdo es el loco productivo. Y son las prácticas “psi”, el saber psiquiátrico y la industria farmacológica los encargados de brindarnos las herramientas para mantenernos en este lado o traernos de vuelta del lado oscuro. La psiquiatría no sólo no perdió poder sobre los manicomios sino que, de la mano -o más bien "a remolque"- de los avances en psicofarmacología, ganó poder sobre los otros espacios: se manicomializó el mundo.

 Ya dijo Foucault hace muchos años que la locura no es un fenómeno natural sino el producto de una construcción sociohistórica, el producto de la regulación de la diversidad humana; podemos agregar que también la discapacidad lo es. Y sin embargo sigue siendo algo de lo que no queremos siquiera hablar, porque, a diferencia de la criminalidad, no lo reconocemos como tal, sino que lo conceptualizamos aún como un dato de la naturaleza. Sentimos que no hay a quien reclamar por ello. La locura existe y punto. A algunos les tocó. Mala suerte.
Hablamos de la igualdad entre hombres y mujeres; hablamos de racismo y etnocentrismo; hablamos de adultocentrismo y empezamos a reconocer  a los niños como sujetos de derecho; hablamos de lucha de clases; poco a poco vamos perdiéndole el miedo y aprendiendo a valorar la vejez como etapa de la vida; pero nos negamos a hablar de locura, de nuestra fectichización de La razón,  de una única forma de “razón”.
En un mundo en el cual va creciendo –afortunadamente- una ciudadanía movilizada por la integración de las personas con discapacidades motoras;  por el trato humanitario en las cárceles; por el derecho al aborto, la planificación familiar y la salud reproductiva; contra la violencia de género y el maltrato animal; por el respeto a la diversidad sexual y los derechos de los pueblos originarios. Un mundo en el que se ha vuelto común – y con razón- poner en tela de juicio muchas de las instituciones de la modernidad (escuelas y universidades, Estado, cárcel, iglesia, familia, medios de comunicación) no deja de llamar la atención la relativa falta de interés por la situación de las personas recluidas en instituciones de salud mental y la existencia misma de estas instituciones, sus métodos y finalidades.
Esto puede explicarse por una cuestión de desconocimiento y de agenda de los medios; pero los intereses de personas no reflejan pasivamente lo que los medios le ofrecen sino que hacen que los temas “prendan” o no según un interés general asociado al “espíritu” de cada época histórica. En nuestra época, respecto de este tema, el espíritu iluminista sigue haciéndonos de punto ciego: la causa de los locos no suscita nuestra solidaridad porque el problema de “ellos” no es “nuestro” problema, estamos en mundos distintos, aunque sea por una diferencia de grados. La libertad de los locos no es nuestra causa sino más bien nuestro temor, algo que sacudiría uno de los más fimes basamentos de nuestra realidad: la tranquilizante definición de normalidad, de salud, de racionalidad que nos permite sentirnos tranquilos y cuerdos en nuestra psicopatología de la vida cotidiana.


Lic. ANA V. PEREIRA (psicóloga).

Imagen que acompaña el texto de Claudia Rogge.

martes, 17 de julio de 2012

MEMORIA DEL DESAPARECIDO



PSICOLOGIA › EFECTOS DEL TERRORISMO DE ESTADO SOBRE LOS FAMILIARES DE LAS VICTIMAS

Memoria del desaparecido

Un análisis de los efectos que la detención-desaparición de personas produjo sobre los familiares directos, a 30 años del golpe y teniendo presente que “los duelos de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes para las generaciones sucesivas”.


 Por Diana Kordon, Lucila Edelman, Darío Lagos, Daniel Kersner, Silvia Schejtman y Mariana Lagos *
Los acontecimientos traumáticos ocurridos en nuestro país a partir de la última dictadura militar, particularmente aquellos vinculados a gravísimas violaciones a los derechos humanos, no sólo incidieron sobre los afectados directos, sino también sobre la sociedad en su conjunto; constituyen un referente imprescindible para comprender la irrupción de nuevas problemáticas psicosociales y clínicas en el área de salud mental. Esta nueva clínica nos coloca en la necesidad de investigar, a partir de la experiencia concreta del trabajo psicoterapéutico y psiquiátrico, la relación entre dichas situaciones traumáticas y la subjetividad, y el carácter multi y transgeneracional de la afectación. Lo traumático no resuelto en una generación pasa a las siguientes.


Los duelos derivados de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes de elaboración para las generaciones sucesivas. En el caso de los desaparecidos, se agrega como factor desestructurante la ausencia del cuerpo, que impide la realización de los ritos funerarios, presentes en todas las culturas. Esta particularidad, sumada a las inducciones psicológicas oficiales, dificultó aún más el trabajo de duelo, dándole un carácter sumamente penoso y trágico. Podemos decir que la afectación fue multigeneracional –varias generaciones fueron afectadas simultáneamente–, intergeneracional –se tradujo en conflictos entre generaciones– y transgeneracional –sus efectos reaparecen de diversos modos en las generaciones siguientes–.


La desaparición provocaba un alto grado de dolor psíquico y una profunda alteración en la cotidianidad de los grupos afectados, en las relaciones intrafamiliares como en las extrafamiliares. Es particularmente siniestro el efecto que produce en una persona presenciar el secuestro de un hijo, un amigo, un vecino, y encontrar en el afuera una desmentida permanente, un no reconocimiento, una negación de la propia percepción. El percepticidio genera una situación psicotizante, que se agrava después por la ausencia de información.


A su vez, que una persona fuera secuestrada y desaparecida aparecía como poco creíble para una sociedad que, si bien había conocido previamente diferentes formas de represión política, no había vivido fenómenos de semejante magnitud. Los familiares, cuando desaparecían sus hijos, desconocían la posibilidad de que la detención, por violenta que hubiera sido, se transformara en desaparición y/o asesinato. Después de un período prolongado de gestiones infructuosas para determinar el paradero de sus hijos, amenazados desde las instancias oficiales para que no hicieran conocer lo que estaba ocurriendo, bajo pretexto de aumentar los riesgos de la persona buscada, comenzaron a presentir que algo siniestro, desconocido, estaba ocurriendo. Aún no contemplaban la posibilidad de un no retorno, pero comprendían que, más allá de lo que imaginaban como posible, se había establecido un sistema de represión política en el que a las víctimas se las tragaba la tierra.


Durante los primeros años de la dictadura ni siquiera existía una palabra que diera cuenta del status de las personas que habían sido secuestradas. Aunque no expresaba la violencia del secuestro, y tal vez, porque la palabra “secuestrado” resultaba aterrorizante, se acuñó con el tiempo la expresión “desaparecido”, como una nueva representación social. La dictadura negaba la existencia de los desaparecidos, a la vez que inducía y presionaba a las propias familias para que los dieran por muertos.


En las familias directamente afectadas se producían diversos conflictos, que en muchos casos tuvieron consecuencias definitivas en cuanto a rupturas y modificaciones de la estructura familiar. Estaban vinculados con el terror que condicionaba las conductas concretas, los diferentes grados de identificación con el discurso alienante de la dictadura y el desplazamiento de la agresión, que en vez de dirigirse al objeto adecuado se instalaba en el interior del grupo familiar.


Como se pudo observar posteriormente, muchas parejas que se formaron rápidamente en ese período parecen haber estado basadas en la ilusión de evitar el desamparo y en el bloqueo del difícil proceso de duelo. Bastantes de estas nuevas parejas se fracturaron inmediatamente después del final de la dictadura.


Un comentario particular merecen los hermanos menores de desaparecidos, que vivieron la situación de represión durante la infancia. Estos chicos tenían que elaborar la pérdida simultáneamente con los efectos desestructurantes y melancolizantes que la misma producía en el seno de su grupo familiar. En los casos en que los padres, especialmente la madre, participaban en algún movimiento colectivo de búsqueda de los desaparecidos, los hermanos podían tener sentimientos recriminatorios vinculados a las vivencias de abandono. También aparecían sentimientos de desvalorización en cuanto al reconocimiento narcisístico por parte de los padres, dado que el desaparecido iba siendo más y más idealizado. Sin embargo, no manifestaban explícitamente sus reproches, ya que estos sentimientos los ponían en conflicto con su ideal del yo, y porque temían perder el amor de sus padres. Al mismo tiempo, eran muy comunes las actitudes sobreprotectoras de los padres, por el temor a los posibles riesgos que implica la autonomía.


Muchas familias quedaron reducidas a la familia nuclear, reforzando los fenómenos endogámicos y la hostilidad hacia el exterior, apoyadas en el aislamiento al que eran empujadas por la situación de terror que hacía que sus familiares los abandonaran e incluso los cuestionaran. Tenían la vivencia de ser una especie de papa caliente que los otros no quieren agarrar. Su sola presencia antagonizaba en los otros los mecanismos de negación y disociación de lo traumático, incrementando su sufrimiento. Muchas veces, la violencia de los afectos suscitados en su entorno por el acontecimiento catastrófico lleva a las personas a la renegación de su propio dolor.


Con el tiempo, las familias directamente afectadas completaron sus procesos de reestructuración. Superado el período inicial de crisis, aunque el carácter del traumatismo vivido dejó consecuencias que están en el límite de lo elaborable, y la sensibilidad a los acontecimientos de retraumatización quedó aumentada.


Observamos dificultades en el proceso de separación-discriminación en el vínculo entre abuelos y nietos. Unos y otros, por problemáticas diferentes vinculadas con la pérdida del apuntalamiento en el pasado, se consideran recíprocamente imprescindibles en el presente. También entran en crisis matrimonios sostenidos durante mucho tiempo en un acuerdo implícito de apoyatura para compartir la crianza de los hijos.


El sistema de desaparición de personas, como base de la represión, dejó una marca tan fuerte en la sociedad, que otras situaciones como prisión prolongada, tortura, exilio, insilio han quedado opacadas largo tiempo en la consideración de sus implicancias, incluso para quienes las padecieron.




Puntales





El psiquismo individual encuentra en el lazo social, expresado a través de múltiples mediaciones, un soporte indispensable para mantener su integridad y funcionamiento. Las situaciones de crisis, de emergencia, traumáticas, sean de origen endógeno o exógeno, ponen en evidencia por carencia, la importancia de este apuntalamiento, ya que el sujeto queda sometido a la pérdida de sus soportes habituales. Mientras el apuntalamiento se mantiene, el sujeto no tiene noticias de su importancia; no está sometido a sentimientos de indefensión, de inermidad, de desamparo y de temor a la desestructuración psíquica, ya que el sostén es mudo, pero es condición necesaria para garantizar el funcionamiento del yo. Las situaciones traumáticas producidas en los grupos familiares durante un período prolongado generaban una pérdida del apuntalamiento psíquico de sus miembros. En cada caso esto se expresó de diferentes maneras, desde imposibilidad de una integración adaptativa adecuada del yo hasta problemáticas más circunscriptas.


En otros casos, los chicos asumieron precozmente roles familiares adultos, ocupando el lugar del padre o la madre desaparecidos, funcionando como pseudo partenaire adulto y estructurando una personalidad con rasgos de sobreadaptación; esto sucedió con mayor frecuencia en varones, especialmente a partir de la segunda infancia y principios de la adolescencia. Los fenómenos de sobreadaptación se observaron en las mujeres más tardíamente, especialmente a partir de adolescencia. Se observó también la actitud defensiva de evitar hablar sobre la situación traumática.


Es probable que, en los varones, la sobreadaptación esté vinculada con el rol social del hombre: al encontrarse solos con la madre o la abuela, es decir en un vínculo con una figura femenina, desarrollaron precozmente una función protectora. En los adolescentes varones que contaron con la presencia de figuras paternas sustitutas, pero a su vez debilitadas por sus propios sentimientos de pérdida, los efectos patológicos están más vinculados a conductas infantiles o impulsivas. En las adolescentes sobreadaptadas, el problema se relaciona con el mantenimiento de vínculos simbióticos y el temor o la angustia ante las pérdidas.


El discurso social que induce el olvido renegatorio y avala la impunidad constituye un factor importante para la pérdida del apuntalamiento.


Un alivio





Muchas familias tenían gran dificultad para informar a los niños sobre lo ocurrido con sus padres, particularmente durante los primeros años de la dictadura. Incidían: el mandato de silencio sobre todo lo que ocurría; el temor a lo que pudiera pasar a los propios chicos o a las familias, si los chicos comentaban algo con sus compañeros de colegio o con sus amigos del barrio, y la dificultad de los adultos en aceptar el sufrimiento que la situación de desaparición les causaba, dificultad proyectada en los chicos bajo la idea de que la información podía causarles daño o sufrimiento.


Generalmente, las explicaciones acerca de la ausencia de los padres eran falsas. Entonces, estas explicaciones podían ser interpretadas como un abandono voluntario por parte de los padres. En la mayoría de los casos, los niños, sobre todo los que ya estaban en edad escolar, sabían que la información que recibían era falsa, y en algunos casos conocían lo que había pasado con sus padres. Sin embargo, acompañaban el secreto familiar haciéndose cargo de la prohibición de hablar de lo que ocurría en la familia. Resultaba habitual que se mantuviera el silencio fuera de la familia, inclusive en la relación con los pares. Esto privaba a los chicos del apoyo de sus grupos naturales. En otros casos, la situación se contaba en forma de confidencia.


Y en ese tiempo muchos terapeutas, consultados por estas familias sobre cómo manejar la situación de los niños –bajo el influjo del discurso alienante de la dictadura y urgidos por dar alguna respuesta que resolviera la ambigüedad psicotizante de la situación de presencia-ausencia de los desaparecidos– aconsejaban dar por muerto al desaparecido e informar en este sentido a los niños, suponiendo que la familia y los niños podrían elaborar de esta manera el duelo.


La experiencia demostró que era esencial que los chicos tuvieran una información pormenorizada de lo ocurrido, dado que los efectos patológicos del secreto podían llegar a ser tan importantes como la situación de pérdida.


Por otra parte, en familias que no guardaban ese silencio y estaban comprometidas en la actividad pública de búsqueda de los desaparecidos, muchos chicos, especialmente durante el período llamado de latencia (aproximadamente entre los cinco y los 12 años), evitaban hablar del tema. Esto provocaba angustia en los familiares ya que lo tomaban como una negación de lo ocurrido. Una consecuencia frecuente era la insistencia compulsiva, por parte de los adultos, y el rechazo u hostilidad por parte de los chicos.


Una de las funciones terapéuticas es ir al encuentro de la realidad traumática, habilitando un espacio de palabra que permita la salida de los mandatos externos e internos de silenciamiento, aun cuando el encuentro con ese espacio implique un período de sufrimiento.


En todos los casos que hemos conocido, acceder a la explicitación de la verdad produjo un sentimiento de alivio.


* Extractado del trabajo “Memoria e identidad”, cuya versión completa puede leerse en la página web del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial www.eatip.org.ar



FUENTE: copypegado PÁGINA 12 Jueves, 23 de marzo de 2006

sábado, 21 de abril de 2012

fragmento de "nuestro lado oscuro. una historia de perversos", de la autora élizabeth roudinesco.

(...) Pese a la importancia de los testimonios reunidos, que en la actualidad constituyen una fuente historiográfica considerable, todos estos enfoques de la criminalidad nazi, surgidos de la medicina positivista y del psicoanálisis, son de una pobreza desconcertante. Su mayor defecto consiste en que intentan demostrar que, para haber realizado tales actos, pese a su normalidad aparente los nazis genocidas eran forzosamente psicópatas, enfermos mentales, pornógrafos, desviados sexuales, toxicómanos o neuróticos. Y de resultas de ello, después de Nüremberg los representantes de esta medicina mental, a fuerza de tildar a Stalin de paranoico y a Hitler de histérico con tendencias perversas y fóbicas, tuvieron la descabellada idea, durante un celébre congreso de higiene mental celebrado en Londres en 1948, de proponer que se sometiera a una cura psíquica a todos los grandes hombres de Estado con el fin de reducir a sus instintos agresivos y preservar la paz mundial. En realidad, lo que impresiona en los testimonios de los genocidas nazis es que la aterradora normalidad de que dan prueba constituye el síntoma no de una perversión en el sentido clínico del término (sexual, esquizoide u otra), sino de la adhesión a un sistema perverso que por sí solo sintetiza el conjunto de todas las perversiones posibles. (...). p.149-150, Élizabeth Roudinesco, 'Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos.", ed. Anagrama, Barcelona, 2009, traducción Rosa Alapont.

jueves, 17 de marzo de 2011

la culpa


"El psicoanalista tiene sobre la génesis del sentimiento de culpabilidad una opinión distinta de la que sustentan otros psicólogos, pero tampoco a él le resulta fácil explicarla. Ante todo, preguntando cómo se llega a experimentar este sentimiento, obtenemos una respuesta a la que no hay réplica posible: uno se siente culpable (los creyentes dicen "en pecado") cuando se ha cometido algo que se considera "malo"; pero advertiremos al punto la parquedad de su respuesta. Quizá lleguemos a agregar, después de alguna vacilaciones, que también podrá considerarse culpable quien no haya hecho nada malo, sino tan sólo reconozca en sí la intención de hacerlo, y en tal caso se planteará la pregunta de por qué se equipara aquí el propósito con la realización. Pero ambos casos presuponen que ya se haya reconocido la maldad como algo condenable, como algo a excluir de la realización. Mas ¿cómo se llega a esta decisión? Podemos rechazar la existencia de una facultad original, en cierto modo natural, de discernir el bien del mal. Muchas veces lo malo ni siquiera es lo nocivo o peligroso para el yo, sino, por el contrario, algo que éste desea y que le procura placer. Aquí se manifiesta, pues, una influencia ajena y externa, destinada a establecer lo que debe considerarse como bueno y como malo. Dado que el hombre no ha sido llevado por su propia sensibilidad a tal discriminación, debe tener algún motivo para subordinarse a esta tendencia extraña. Podremos hallarlo facilmente en su desamparo y en su dependencia de los demás; la denominación que mejor le cuadra es la de "miedo a la pérdida del amor". Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros, y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo. Así, pues, lo malo es, originariamente, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida del amor; se debe evitar cometerlo por temor a estga pérdida. Por eso no importa mucho si realmente hemos hecho el mal o si sólo nos proponemos hacerlo; en ambos casos aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto, y esta adopta análoga actitud en cualquiera de ambos casos. (...)"


sigmund freud, 1856-1939

fragmento extraído de "el malestar en la cultura", madrid, ed. alianza editorial, 2006

sábado, 12 de marzo de 2011

en busca de sentido




"(...) La búsqueda por parte del hombre del sentido de su vida constituye una fuerza primaria y no una "racionalización secundaria" de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico, en cuanto es uno mismo y uno solo quien ha de encontrarlos; unicamente así el hombre alcanza un fin que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos autores sostienen que el sentido y los valores no son más que "mecanismos de defensa", "formaciones reactivas" o "sublimaciones". Por lo que a mí respecta, yo no desearía vivir simplemente como carnaza de mis mecanismos de defensa, ni me sentiría inclinado a morir por mis "formaciones reactivas". El hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus ideales y valores!
(...) Naturalmente, en muchos casos, para ocultar sus conflictos internos, algunas personas insisten en levantar un velo enarbolando los principios morales como motor de conducta; pero aún siendo eso cierto, representarán una excepción a la regla, y no la mayoría. Y en estos casos, además, la interpretación psicoanalítica se justifica como el pretexto de analizar la dinámica inconsciente que les sirve de base para esos comportamientos. En realidad no son sino seudovalores que sencillamente se precisa desenmascarar (buena muestra de ello es el tipo fanático). Ahora bien, el desenmascaramiento o la desmistificación debe abstenerse _sin ahondar más_ en el mismo instante en que el psiquiatra tropiece con algún valor auténtico y genuino; por ejemplo, el deseo de una vida repleta de sentido. Si al alcanzar alguno de estos valores, el psiquiatra no suspendiera sus intentos de desenmascaramiento actuaría según sus principios a priori psicoanalíticos, y no en función de las necesidades del paciente, menospreciando con ello las aspiraciones genuinas del hombre, aquello que es genuinamente humano.
Hemos de estar en guardia contra la tendencia a calificar los principios morales como una simple expresión del hombre. Pues logos o "sentido" no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino que se presenta frente a esa misma existencia. Si ese sentido que espera ser consumado por el hombre no fuese otra cosa que la expresión de sí mismo, o nada más que la proyección de un espejismo, perdería de inmediato su carácter de exigencia y desafío; resultaría ineficaz para motivar o rtesponsabilizar al hombre. Esta argumentación se arguye tanto en lo referente a la sublimación de los impulsos instintivos, cuanto a lo que C.G. Jung denomina "arquetipos" del "inconsciente colectivo" (...)."

viktor frankl, viena 1905-1997, padeció en un campo de concentración nazi y logró sobrevivirle

fragmento de "el hombre en busca de sentido", barcelona, ed. herder, 2004,traducción christine kopplhuber y gabriel insausti herrero