"El pensamiento claro no nos basta, nos da un mundo usado hasta el agotamiento. Lo que es claro es lo que nos es inmediatamente accesible, pero lo inmediatamente accesible es la simple apariencia de la vida." antonin artaud.

martes, 26 de febrero de 2013

poemas de la bella élida manselli, seleccionados por lucio madariaga...






“La guerra en la flor del aire”, Interlínea, 1973

CANTO PRIMERO

Caballo alazán
                           canto asirio en las ventanas del mundo.
Yo tengo solamente ríos en tu frente, que van del lago relieve a
la cintura de mi razón.
Cuando salían las embarcaciones, los puertos te dejaban su paz
y allí olías el terror desnudo del océano y allí dios te arrancaba
de tu sueño ligero.

Pasaron vientos diversos por tu espacio entre tanto sueño virgen.
Llegaste…
                    si lograras recordar.
El hombre salía de su armadura y en las velas del viento dejaba
pasar su puerta.
Un paso en la greda, donde infinitos destinos se cruzaban, como
el ave de barro.
¡Que nube pesada calló sobre mí!
Tomé el color de los carros que había visto en mi infancia,
Flechas Babilonia.
¿Qué nube, cuando recobré la atmósfera surgió de las
sombras?
Desembarqué…
                              si lograra recordar cruzadas, fortalezas,
cansancio, odio, espuma.
Los rasgos de los tiempos me quedaban marcados, grabé día y
noche el nuevo rastro.
Yo, que entré en los cañadones perdido por la dulzura del aire y
no pude escapar al cielo, con la lanza en mi costado cruzando la
aurora.
Pude dormir porque todo lo crucé, galopando como un diablo
coronado de escamas cobrizas.
En el valle la tribu descansaba y yo bebía de todos los inciensos
ángeles.
Me alisté para la guerra en la flor de aire, para los conjuros en
voz baja y aquellos alaridos, aquellos tambores…
Después el sudor cayó sobre mi anca con las últimas luces
buenas.

Silencio vastedad…
                                     el trueno que de noche me quiebra es
alivio y templo parta mi sencilla sed.
Porque encontré el eslabón de la verdad.
Si lograra recordar aquél canto.


CANTO QUINTO

País de fiebres
                            ven a contarme tu martirio.
País aguijoneado por el sol sin quimera.
                           Ven acuérdate de la mano ámbar que pasó sobre ti
en una lucha secreta.
Acuérdate del dulce y riguroso animal que cantaba el único
mediodía con brazos y destinos trazados por la conciencia.
No había llegado la geometría más que al designio del viento, el
arroyo sembraba de mapas la tarde que enrojecía de naranjos.
Acuérdate que estaba la salvación prevista, el paraíso montado
en brillantes almas.

Ahora todo estaba ausente.
Ya no pude conocer ese disco que detenía la respiración en la
noche, cuando yo avanzaba en la gramilla mi sed de alturas.
¿Qué era, tan blanco en la quietud de los infiernos?
Solía posarse sin temor en lo alto, como una palabra demasiado
perpleja del infinito.
…la boa era más vibrante en la espuma y los nidos sabían
hundirse más en sus pensamientos.
Yo giraba sobre mis crines bebiendo sin reservas.

                    Mis amapolas van cayendo a un vacío helado,
rodeadas de la agonía de las especies.

En el alba el frío me descalza los últimos leños, oh el rigor es
muy duro para mis ojos y el árbol.
No tengo reparo en el aire del sol perfecto, mi viaje interminable
no se recuerda ni como oración.

                          Mis amapolas van poblando la esfera eternamente
inconclusa.
Aquella torcaza que me dejó sus huellas, como trinaba en
silencio…
Un resorte, un gran peso toda la vida por el vasto yacimiento de
un sueño, en una llanura que se retira lentamente a sus orillas.






“Gracia-Torcaza”, Botella al mar, 1978

      skip to si1

Entre y cierre la puerta que detrás vienen los presagios.
Aquí no encontrará más que tristeza y pequeñas fatigas
azules buscándose como torres a larga distancia.
Entre y ubíquese en diagonal a las pesadillas, que para
estar tranquilo basta hacer el pan diariamente sin pausa
y retribuirlo para no quedarse solo.
Voy a encender el espectro del bosque.
Necesito una mirada que pueda más que el agua, que el
dominio del tiempo sobre la inteligencia, que ese fuerte
dolor a aguacero en lo sentidos.
Siéntese tal cual ha nacido, Con pocas palabras, que hoy
descubrí un capullo con diez años de antigüedad y conocerá
usted la belleza que nunca ha entrado por los ojos.

¿Siente el roce del planeta?
Pronto desplegará el cielo la fila de perdices, esos privilegios
de invierno en los campos.

Esta soledad que prepara el ángel.




6

Entre usted y el sol hay una fina rendija de inmensidad.
Gira en el aire un suspiro de cuentas, que va a perderse
    en unos ojos muy prendidos al suelo y a las brisas del
    suelo.
Y no hay razón para sentirse poco en el follaje, si tenemos
   la vida en el puño de los días y es la existencia un torcido
   velo de sorpresas.


Calme su luz sol overo de la nueva resina, que comienza el
    fuego a rondar las nubes y yo quiero esperarme sin apuro.



8

Despejó más y más la entrada de la cueva. Hasta que el
   espacio con su exquisitez de invierno le acercó una mejilla
   de la virgen del día.
A sus pies la noche le hacía cosquillas con algo de fatalidad,
   mientras vagaban por el alto trébol de la medianoche miles
   de seres desesperados inconclusos.
Miró temiendo verse reflejado.
Sombras, sombras en la ciudad, en qué edad prendida a la
   noche gigantesca que no le dejaba recibir la eternidad.
Entre los árboles el viento lanzaba llamaradas de orgullo, y
   un gran tazón de resinas y bostezos pardos le colmaba la
   niñez, de la cual no sabía nada.

No se sentía más que un vacío de agua profunda y terrible
   como un nacimiento.
Olvidó el terrón de azúcar prometido.
La miel del Universo llegaba en pájaros y roces ocultos del
   espíritu.
Ni un vértigo, ni un sonido, un solo peldaño en una gloria
   viva dentro.
Despejó de hojas secas la entrada. Miró la dimensión humana
   como un ángel sin suposiciones y en una ojeada contó los
   leños de su fuego.




“Manantiales que reinan”, Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano, 2005


AZAHARES PARA MI ALAZAN

Cabalgaremos al alba.
Déjame enjaezarte con las primeras aguas
de los manantiales que hoy coronan tu sangre.
Para el viaje cortaré azahares
que defenderán
                          arrullarán
                                           rezarán
a nuestra sombra viva.
No encerraremos las penas del pasado.
No libraremos batalla,
no construiremos días ni manadas,
sólo arderemos dentro de la niebla
que a veces te ocultará,
aunque yo marche a corta distancia
de tus relucientes crines.
Mientras galopamos hacia el infinito de tu nido,
las flores nos embriagan,
desconocemos los cuerpos que resbalan
siempre tarde a nuestro paso,
ahora que rozas el todo después de la nada
que juntos intentábamos florecer.

Estamos en el centro del alma
con algunas almas posibles,
como si tejiéramos el arma celeste
ascendemos encantados
                                        desencantados
del hálito que respira en las cenizas,
el áspero sueño de humanidad aún pendiente.
Atravesamos el rodeo del silencio,
lejano abrebadero que muda su espacio
de extremo a estación sin flor.
La mirada más dulce de los animales
llega de los latentes,
                                 cercanos campos latinos.
No abandonaremos el paraje,
un destello de Tarquinia traza en la memoria
mi infancia última, la inocencia
mi entendimiento de los otros.
No destruiremos el son,
el ámbar de mi sin razón,
al abrigo de un sueño de los mandarinos.


AROMA DE MALVA

Confundido
           con el pájaro seductor de la estación estival,
dormías
           como una esmirna pendiendo del clima de su trama,
aguamarina en la nieve,
donde no se refugiaba un pie, sólo cortaderas gota a gota,
sólo frío en las profundidades,
viaje de la imagen
infinito del rocío subiendo a otro viaje,
            pedernal y abismo,
mientras cuatro torcazas regresaban a sus nidos.

Las profundidades golpeaban mi instinto,
vientos rozando el Río de la Salvia,
donde hundí la piedra de la razón,
            por un resplandor
            un reto,
niño con aroma de malva
y sus claras torcazas en libertad,
salto exacto para respirar el humito tibio de los pájaros,
mientras sigilosamente atravesabas aquel paraje,
distancia de estrella fugaz,
aire exacto que balancea el día
             Puma de las Sierras de Ambato.







ROSA DE HIELO

Este invierno
                             y los grandes poderes ocultos.
Esta rosa de hielo abierta sobre las miradas,
este invierno que yo conozco por su cinta inviolable
de temperatura y junios.

Hablo de las nueces guardadas en un solo pensamiento tibio,
de la milagrería arrollada en la almohada
por los dedos impasibles del sueño.

Yo pude advertir que toda la alegría
había subido en ráfagas al recuerdo,
y no quedaba aquí abajo sino el redondo hueco del calor,
rondando la locura.

Por fin había caminado mi único sentido.
Había estrechado el corazón y la razón,
hilando fino el paso, apenas perceptible.

Este invierno,
                           con su dentada hacha rojiza sobre los árboles,
descalzo para la condición humana.





RAYO DE CURIYÚ

Cómo has danzado en la batea azul verde esta noche.
Cómo has visto las ventanas arder en su lecho
y oído a sus caballos entrar al principio, al fin del origen.

Se ha sentado al borde de Dios la noche.
En el centro del monte,
el refugio canta el ausente en las flores secas,
es el paso hacia el invierno que acompaña tu cuerpo
de espacio en espacio,
es tu luz de frente,
                             tu ritmo de agua,
                             tu mudanza eterna.
Has cruzado la entraña de la isla,
la rama abierta del silencio
y a mi orilla has llegado como una plegaria,
al ojo lento del destino.



Elida Manselli,  C.A.B.A., 1941-2013

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