"El pensamiento claro no nos basta, nos da un mundo usado hasta el agotamiento. Lo que es claro es lo que nos es inmediatamente accesible, pero lo inmediatamente accesible es la simple apariencia de la vida." antonin artaud.
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jueves, 12 de julio de 2012

un artículo de carl marx, posteado por danilo de luca


                                   (mapa de Indostán, 1814)


La dominación británica en la India[1],

(1852)




Escrito: Por Marx el 10 de junio de 1853.
Primera edición: Publicado en el The New York Daily Tribune, núm. 3804, del 25 de junio de 1853.
Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974; t. I.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2000.





....El Indostán es una Italia de proporciones asiáticas, con el Himalaya por los Aldes, las llanuras de Bengala por las llanuras de Lombardía, la cordillera del Decán por los Apeninos y la isla de Ceilán por la de Sicilia. La misma riqueza y diversidad de productos del suelo e igual desmembración en su estructura política. Y así como Italia fue condensada de cuando en cuando por la espada del conquistador en diversas masas nacionales, vemos también que el Indostán, cuando no se encuentra oprimido por los mahometanos, los mogoles[2] o los británicos, se divide en tantos Estados independientes y antagónicos como ciudades o incluso pueblos cuenta. Sin embargo, desde el punto de vista social, el Indostán no es la Italia, sino la Irlanda del Oriente. Y esta extraña combinación de Italia e Irlanda, del mundo de la voluptuosidad y del mundo del dolor, se anticipaba ya en las antiguas tradiciones de la religion del Indostán. Esta es a la vez una religión de una exuberancia sensualista y de un ascetismo mortificador de la carne, una religión de Lingam[3] y de Yaggernat, la religión del monje y de la bayadera[4].
No comparto la opinión de los que creen en la existencia de una edad de oro en el Indostán, aunque para confirmar mi punto de vista no me remitiré, como lo hace sir Charles Wood, al período de la dominación de Kuli khan. Pero, tomemos, por ejemplo, los tiempos de Aurengzeib; o la época en que aparecieron los mogoles en el Norte y los portugueses en el Sur; o el período de la invasión musulmana y de la Heptarquía[5] en el Sur de la India; o, si ustedes quieren retornar a una antigüedad más remota, tomemos la cronología mitológica de los brahmines[6], que remonta el origen de las calamidades de la India a una época mucho más antigua que el origen cristiano del mundo.
No cabe duda, sin embargo, de que la miseria ocasionada en el Indostán por la dominación británica ha sido de naturaleza muy distinta e infinitamente más intensa que todas las calamidades experimentadas hasta entonces por el país. No aludo aquí al despotismo europeo cultivado sobre el terreno del despotismo asiático por la Compañía inglesa de las Indias Orientales[7]; combinación mucho más monstruosa que cualquiera de esos monstruos sagrados que nos infunden pavor en un templo de Salseta[8]. Este no es un rasgo distintivo del dominio colonial inglés, sino simplemente una imitación del sistema holandés, hasta el punto de que para caracterizar la labor de la Compañía inglesa de las Indias Orientales basta repetir literalmente lo dicho por sir Stamford Raffles, gobernador inglés de Java, acerca de la antigua Compañía holandesa de las Indias Orientales:
"La Compañía holandesa, movida exclusivamente por un espíritu de lucro y menos considerada con sus súbditos que un plantador de las Indias Occidentales con la turba de esclavos que trabajaba en sus posesiones —pues éste había pagado su dinero por los hombres adquiridos en propiedad, mientras que aquélla no había pagado nada—, empleó todo el aparato de despotismo existente para exprimirle a la población hata el último céntimo en contribuciones y obligarla a trabajar hasta su completo agotamiento. Y así, agravó el mal ocasionado al país por un gobierno caprichoso y semibárbaro, utilizándolo con todo el ingenio práctico de los políticos y todo el egoísmo monopolizador de los mercaderes".
Guerras civiles, invasiones, revoluciones, conquistas, años de hambre: por extraordinariamente complejas, rápidas y destructoras que pudieran parecer todas estas calamidades sucesivas, su efecto sobre el Indostán no pasó de ser superficial. Inglaterra, en cambio, destrozó todo el entramado de la sociedad hindú, sin haber manifestado hasta ahora el menor intento de reconstitución. Esta pérdida de su viejo mundo, sin conquistar otro nuevo, imprime un sello de particular abatimiento a la miseria del hindú y desvincula al Indostán gobernado por la Gran Bretaña de todas sus viejas tradiciones y de toda su historia pasada.
Desde tiempos inmemoriales, en Asia no existían, por regla general, más que tres ramos de la hacienda pública: el de las finanzas, o del pillaje interior; el de la guerra, o pillaje exterior, y, por último, el de obras públicas. El clima y las condiciones del suelo, particularmente en los vastos espacios desérticos que se extienden desde el Sahara, a través de Arabia, Persia, la India y Tartaria, hasta las regiones más elevadas de la meseta asiática, convirtieron el sistema de irrigación artificial por medio de canales y otras obras de riego en la base de la agricultura oriental. Al igual que en Egipto y en la India, las inundaciones son utilizadas para fertilizar el suelo en Mesopotamia, Persia y otros lugares: el alto nivel de las aguas sirve para llenar los canales de riego. Esta necesidad elemental de un uso económico y común del agua, que en Occidente hizo que los empresarios privados se agrupasen en asociaciones voluntarias, como ocurrió en Flandes y en Italia, impuso en Oriente, donde el nivel de la civilización era demasiado bajo, y los territorios demasiado vastos para impedir que surgiesen asociaciones voluntarias, la intervención del Poder centralizador del Gobierno. De aquí que todos los gobiernos asiáticos tuviesen que desempeñar esa función económica: la organización de las obras públicas. Esta fertilización artificial del suelo, función de un gobierno central, y en decadencia inmediata cada vez que éste descuida las obras de riego y avenamiento, explica el hecho, de otro modo inexplicable, de que encontremos ahora territorios enteros estériles y desérticos que antes habían sido excelentemente cultivados, como Palmira, Petra, las ruinas que se encuentran en el Yemen y grandes provincias de Egipto, Persia y el Indostán. Así se explica también el que una sola guerra devastadora fuese capaz de despoblar un país durante siglos enteros y destruir toda su civilización.
Pues bien, los británicos de las Indias Orientales tomaron de sus predecesores el ramo de las finanzas y el de la guerra, pero descuidaron por completo el de las obras públicas. De aquí la decadencia de una agricultura que era incapaz de seguir el principio inglés de la libre concurrencia, el principio del laissez faire, laissez aller[*]. Sin embargo, estamos acostumbrados a ver que en los imperios asiáticos la agricultura decae bajo un gobierno y resurge bajo otro. Aquí la cosecha depende tanto de un gobierno bueno o malo como en Europa del buen o mal tiempo. Por eso, por graves que hayan sido las consecuencias de la opresión y del abandono de la agricultura, no podemos considerar que éste haya sido el golpe de gracia asestado por el invasor británico a la sociedad hindú, si todo ello no hubiera sido acompañado de una circunstancia mucho más importante, que constituye una novedad en los anales de todo el mundo asiático. Por importantes que hubiesen sido los cambios políticos experimentados en el pasado por la India, sus condiciones sociales permanecieron intactas desde los tiempos más remotos hasta el primer decenio del siglo XIX. El telar de mano y el torno de hilar, origen de un ejército incontable de tejedores e hiladores, eran los pivotes centrales de la estructura social de la India. Desde tiempos inmemoriales, Europa había recibido las magníficas telas elaboradas por los hindúes, enviando a cambio sus metales preciosos, con lo que proporcionaba la materia prima necesaria para los orífices, miembros indispensables de la sociedad hindú, cuya afición por los aderezos es tan grande que hasta los individuos de clases más bajas, que andan casi desnudos, suelen tener un par de pendientes de oro o algún adorno de oro alrededor del cuello. Era casi general la costumbre de llevar anillos en los dedos de las manos y de los pies. Las mujeres y los niños se adornaban frecuentemente los tobillos y los brazos con aros macizos de oro o de plata, y las estatuillas de oro o plata, representando a las divinidades, eran un atributo del hogar. El invasor británico acabó con el telar de mano indio y destrozó el torno de hilar. Inglaterra comenzó por desalojar de los mercados europeos a los tejidos de algodón de la India; después llevó el hilo torzal a la India y terminó por invadir la patria del algodón con tejidos de algodón. Entre 1818 y 1836, la exportación de hilo torzal de Inglaterra a la India aumentó en proporción de 1 a 5.200. En 1824, la India apenas importó 1.000.000 de yardas de muselina inglesa, mientras que en 1837 la importación subió ya a más de 64.000.000 de yardas. Pero durante ese mismo período la población de Dacca se redujo de 150.000 habitantes a 20.000. Esta decadencia de ciudades de la India, que habían sido célebres por sus tejidos, no puede ser considerada, ni mucho menos, como la peor consecuencia de la dominación inglesa. El vapor británico y la ciencia británica destruyeron en todo el Indostán la unión entre la agricultura y la industria artesana.
Estas dos circunstancias -de una parte, el que los hindúes, al igual que todos los pueblos orientales, dejasen en manos del Gobierno central el cuidado de las grandes obras públicas, condición básica de su agricultura y de su comercio, y de otra, el que los hindúes, diseminados por todo el territorio del país, se concentrasen a la vez en pequeños centros en virtud de la unión patriarcal entre la agricultura y la artesanía- originaron desde tiempos muy remotos un sistema social de características muy particulares: el llamado villaje system (sistema de comunidades rurales). Este sistema era el que daba a cada una de estas pequeñas agrupaciones su organización autónoma y su vida distinta. Podemos juzgar de las características de este sistema por la siguiente descripción que figura en un antiguo informe oficial sobre los asuntos de la India, presentado en la Cámara de los Comunes:
"Considerado geográficamente, un poblado es un espacio de unos cientos o miles de acres de tierras cultivadas e incultas; desde el punto de vista político parece una corporación o un municipio. Por lo común suele tener los siguientes funcionarios y servidores: un potail o jefe, que es, generalmente, el encargado de dirigir los asuntos del poblado, resuelve las disputas que surgen entre sus habitantes, posee poder policíaco y desempeña dentro del poblado las funciones de recaudador de contribuciones, para lo cual es la persona más indicada, por su influencia personal y su perfecto conocimiento de la situación y los asuntos de la gente. El kurnum lleva las cuentas de las labores agrícolas y registra todo lo relacionado con ellas. Siguen el tallier y el totie: las obligaciones del primero consisten en recoger informes sobre los delitos o las infracciones que se cometan, y acompañar y proteger a las personas que se trasladen de un poblado a otro; las obligaciones que segundo parecen circunscribirse más a los límites del poblado y consisten, entre otras, en guardar las cosechas y ayudar a medirlas. El guardafrontera cuida los lindes del poblado y testifica acerca de ellos en caso de disputa. El vigilante de los depósitos de agua y de los canales es el encargado de distribuir el agua para las necesidades de la agricultura. El brahmín que vela por el culto. El maestro de escuela, a quien se puede ver enseñando a los niños del poblado a leer y a escribir sobre la arena. El brahmín encargado del calendario, o astrólogo, y otros. Todos estos funcionarios y servidores constituyen la administración del poblado, que en ciertos lugares del país es más reducida, pues algunos de los deberes y funciones que se han descrito se refunden y desempeñan por una misma persona; en otros lugares su número es mayor. Los habitantes del campo han vivido bajo esta forma primitiva de gobierno municipal desde tiempos inmemoriales. Los límites de los poblados cambiaban muy raramente, y aunque en ocasiones los poblados sufrían grandes daños e incluso eran desvastados por la guerra, el hambre o las enfermedades, el mismo nombre, los mismos límites, los mismos intereses y hasta las mismas familias perduraban durante siglos enteros. A los habitantes de esos poblados no les preocupaba en absoluto la desaparición o las divisiones de los reinos; mientras su poblado siguiese intacto, les tenía sin cuidado la potencia a cuyas manos habían pasado o el soberano a que habían sido sometidos, pues su economía interior permanecía inmutable. El potail seguía siendo el jefe y seguía actuando como juez o magistrado y recaudador de contribuciones".
Estas pequeñas formas estereotipadas de organismo social han sido destruidas en su mayor parte y están desapareciendo, no tanto por culpa de la brutal intromisión del recaudador británico de contribuciones o del soldado británico, como por la acción del vapor inglés y de la libertad de comercio inglesa. Estas comunidades de tipo familiar tenían por base la industria doméstica, esa combinación peculiar de tejido a mano, hilado a mano y laboreo a mano, que les permitía bastarse a sí mismas. La intromisión inglesa, que colocó al hilador en Lancashire y al tejedor en Bengala, o que barrió tanto al hilador hindú como al tejedor hindú, disolvió esas pequeñas comunidades semibárbaras y semicivilizadas, al hacer saltar su base económica, produciendo así la más grande, y, para decir la verdad, la única revolución social que jamás se ha visto en Asia.
Sin embargo, por muy lamentable que sea desde un punto de vista humano ver cómo se desorganizan y descomponen en sus unidades integrantes esas decenas de miles de organizaciones sociales laboriosas, patriarcales e inofensivas; por triste que sea verlas sumidas en un mar de dolor, contemplar cómo cada uno de sus miembros va perdiendo a la vez sus viejas formas de civilización y sus medios hereditarios de subsistencia, no debemos olvidar al mismo tiempo que esas idílicas comunidades rurales, por inofensivas que pareciesen, constituyeron siempre una sólida base para el despotismo oriental; que restringieron el intelecto humano a los límites más estrechos, convirtiéndolo en un instrumento sumiso de la superstición, sometiéndolo a la esclavitud de reglas tradicionales y privándolo de toda grandeza y de toda iniciativa histórica. No debemos olvidar el bárbaro egoísmo que, concentrado en un mísero pedazo de tierra, contemplaba tranquilamente la ruina de imperios enteros, la perpetración de crueldades indecibles, el aniquilamiento de la población de grandes ciudades, sin prestar a todo esto más atención que a los fenómenos de la naturaleza, y convirtiéndose a su vez en presa fácil para cualquier agresor que se dignase fijar en él su atención. No debemos olvidar que esa vida sin dignidad, estática y vegetativa, que esa forma pasiva de existencia despertaba, de otra parte y por oposición, unas fuerzas destructivas salvajes, ciegas y desenfrenadas que convirtieron incluso el asesinato en un rito religioso en el Indostán. No debemos olvidar que esas pequeñas comunidades estaban contaminadas por las diferencias de casta y por la esclavitud, que sometían al hombre a las circunstancias exteriores en lugar de hacerle soberano de dichas circunstancias, que convirtieron su estado social que se desarrollaba por sí solo en un destino natural e inmutable, creando así un culto embrutecedor a la naturaleza, cuya degradación salta a la vista en el hecho de que el hombre, el soberano de la naturaleza, cayese de rodillas, adorando al mono Hanumán y a la vaca Sabbala.
Bien es verdad que al realizar una revolución social en el Indostán, Inglaterra actuaba bajo el impulso de los intereses más mezquinos, dando pruebas de verdadera estupidez en la forma de imponer esos intereses. Pero no se trata de eso. De lo que se trata es de saber si la humanidad puede cumplir su misión sin una revolución a fondo en el estado social de Asia. Si no puede, entonces, y a pesar de todos sus crímenes, Inglaterra fue el instrumento inconsciente de la historia al realizar dicha revolución. En tal caso, por penoso que sea para nuestros sentimientos personales el espectáculo de un viejo mundo que se derrumba, desde el punto de vista de la historia tenemos pleno derecho a exclamar con Goethe:
"Sollte diese Qual uns quälen
Da sie unsre Lust vermehrt,
Hat nicht Myriaden Seelen
Timur's Herrschaft aufgezehrt? " [**]


















NOTAS


[*] Dejad hacer, dejad pasar: fórmula de los economistas burgueses librecambistas que defendían la libertad de comercio y la no ingerencia del Estado en el dominio de las relaciones económicas. (N. de la Edit.)
[**]
¿Quién lamenta los estragos
Si los frutos son placeres?
¿No aplastó miles de seres
Tamerlán en su reinado?

(De la poesía de Goethe "A Suleika" del Diván occidental-oriental) (N. de la Edit.) [1] Los artículos de Marx "La dominación británica en la India" y "Futuros resultados de la dominación británica en la India" son de los mejores que salieron de su pluma sobre el problema nacional y colonial.
[2] Mogoles: conquistadores de origen túrquico procedentes de la parte oriental de Asia Central que invadieron la India a comienzos del siglo XVI y fundaron en 1526, en el Norte de este país, el Imperio de los Grandes Mogoles (así se denominaba la dinastía gobernante de este imperio) que, debido a las continuas luchas intestinas y al reforzamiento de las tendencias separatistas feudales se disgregó prácticamente en la primera mitad del siglo XVIII.
[3] Religión de Lingam: culto a la deidad de Siva extendido particularmente entre la secta india meridional de los lingayates (de linga, símbolo de Siva) que no reconoce las diferencias de casta y rechaza los ayunos, los sacrificios y las peregrinaciones.
[4] Yaggernat (Yaganat): una de las encarnaciones del dios hindú Vichnú. Los sacerdotes del templo de Yaggernat obtenían cuantiosos ingresos de las peregrinaciones en masa (estimulando además la prostitución de las bayaderas, residentes en el templo). El culto de Yaggernat se distinguía por la extraordinaria suntuosidad de los ritos y por el extremado fanatismo religioso, que se manifestaba en las flagelaciones y suicidios de los creyentes. Durante las grandes fiestas, algunos de ellos se lanzaban bajo las ruedas de la carroza en que se llevaba la imagen de Vichnú-Yaggernat.
[5] Heptarquía (siete gobiernos): término adoptado en la historiografía inglesa para designar el régimen político de Inglaterra en los albores de la Edad Media, cuando el país estuvo fraccionado en siete reinados anglosajones (del siglo VI al VIII). Marx utiliza aquí, por analogía, este término para designar el fraccionamiento feudal del Decán (India central y meridional) antes de su conquista por los musulmanes.
[6] Brahmines: una de las cuatro castas más antiguas de la India a la que pertenecía primero y fundamentalmente la capa privilegiada de los sacerdotes; posteriormente, lo mismo que otras castas indias, abarcaba, además de los sacerdotes, a gente de diversas profesiones y origen social, sin excluir a los campesinos y artesanos empobrecidos.
[7] Compañía de las Indias Orientales: compañía comercial inglesa que fue instrumento de la política colonial inglesa en la India, China y otros países de Asia. Se fundó en 1600. La ley adoptada en 1853 restringía los derechos monopolistas de la Compañía para dirigir la India. La Compañía fue liquidada definitivamente en 1858.
[8] La isla de Salsette, situada al Norte de Bombay, tenía fama por sus 109 templos budistas en grutas.

viernes, 18 de marzo de 2011

el discurso amoroso







El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es "yo te deseo", y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.

Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: el galanteo. La pulsión del comentario se desplaza, sigue la vía de las sustituciones. En principio, discurro sobre la relación para el otro; pero también puede ser ante el confidente: de tú paso a él. Y después, de él paso a uno: elaboro un discurso abstracto sobre al amor, una filosofía de la cosa, que no sería pues, en suma, más que una palabrería generalizada. Retomando desde allí el camino inverso, se podrá decir que todo propósito que tiene por objeto al amor implica fatalmente una alocución secreta.


roland barthes

de "fragmentos de un discurso amoroso"

jueves, 17 de marzo de 2011

la culpa


"El psicoanalista tiene sobre la génesis del sentimiento de culpabilidad una opinión distinta de la que sustentan otros psicólogos, pero tampoco a él le resulta fácil explicarla. Ante todo, preguntando cómo se llega a experimentar este sentimiento, obtenemos una respuesta a la que no hay réplica posible: uno se siente culpable (los creyentes dicen "en pecado") cuando se ha cometido algo que se considera "malo"; pero advertiremos al punto la parquedad de su respuesta. Quizá lleguemos a agregar, después de alguna vacilaciones, que también podrá considerarse culpable quien no haya hecho nada malo, sino tan sólo reconozca en sí la intención de hacerlo, y en tal caso se planteará la pregunta de por qué se equipara aquí el propósito con la realización. Pero ambos casos presuponen que ya se haya reconocido la maldad como algo condenable, como algo a excluir de la realización. Mas ¿cómo se llega a esta decisión? Podemos rechazar la existencia de una facultad original, en cierto modo natural, de discernir el bien del mal. Muchas veces lo malo ni siquiera es lo nocivo o peligroso para el yo, sino, por el contrario, algo que éste desea y que le procura placer. Aquí se manifiesta, pues, una influencia ajena y externa, destinada a establecer lo que debe considerarse como bueno y como malo. Dado que el hombre no ha sido llevado por su propia sensibilidad a tal discriminación, debe tener algún motivo para subordinarse a esta tendencia extraña. Podremos hallarlo facilmente en su desamparo y en su dependencia de los demás; la denominación que mejor le cuadra es la de "miedo a la pérdida del amor". Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros, y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo. Así, pues, lo malo es, originariamente, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida del amor; se debe evitar cometerlo por temor a estga pérdida. Por eso no importa mucho si realmente hemos hecho el mal o si sólo nos proponemos hacerlo; en ambos casos aparecerá el peligro cuando la autoridad lo haya descubierto, y esta adopta análoga actitud en cualquiera de ambos casos. (...)"


sigmund freud, 1856-1939

fragmento extraído de "el malestar en la cultura", madrid, ed. alianza editorial, 2006

domingo, 13 de marzo de 2011

david viñas murió este 10 de marzo de 2011

Buenos Aires, 28 de julio de 1927 – Buenos Aires, 10 de marzo de 2011, fue un escritor e historiador argentino.

Fue catedrático de Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires).

Miembro fundador de la revista Contorno, en 1953, junto a su hermano Ismael Viñas. Fue presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires.

Su primera novela fue Cayó sobre su rostro (1955). Su temática histórico-social se hizo ver en su densa Los dueños de la tierra (1958), que arranca en 1892 y prosigue en la pampa del siglo XX. A ella las siguieron Dar la cara (1962), larga novela bonaerense, donde habla de la agresión y las humillaciones, En la semana trágica (1966), y Hombres de a caballo (1967), que fue premiada por un jurado formado por Julio Cortázar, José Lezama Lima, Juan Marsé, Leopoldo Marechal y Mario Monteforte. Le siguieron entre otras Cosas concretas (1969), una obra abierta, como las anteriores pero con un gran fresco social, que preludia la futura violencia oligárquica, y Cuerpo a cuerpo (1979).

Durante la última dictadura militar argentina, desde 1976, estuvo exiliado en distintos países de América y Europa: básicamente en España y México. Nacido en 1927, fue de la generación de Haroldo Conti, Rodolfo Walsh (ambos desaparecidos) o Antonio di Benedetto (exiliado como él).

Desde 1984 volvió a vivir en Buenos Aires, y ocupó la cátedra de literatura argentina en su Universidad. En 1991, rechazó la Beca Guggenheim, como un "homenaje a sus hijos". Sus dos hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura militar en los años setenta del pasado siglo XX.

Dirigió el Instituto de Literatura Argentina (UBA).

Novela
Cayó sobre su rostro (1955)
Los años despiadados (1956)
Un Dios cotidiano (1957)
Los dueños de la tierra (1958)
Dar la cara (1962)
En la semana trágica (1966)
Hombres de a caballo (1967)
Cosas concretas (1969)
Jauría (1971)
Cuerpo a cuerpo (1979)
Prontuario (1993)
Tartabul (2006)
La hermosa yegua

Teatro
Sarah Goldmann
Maniobras
Dorrego
Lisandro (1971)
Tupac-Amaru
Walsh y Gardel

Ensayo
Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar (1970)
De los montoneros a los anarquistas (1971)
Momentos de la novela en América Latina (1973)
Indios, ejército y fronteras (1982)
Los anarquistas en América Latina (1983)
Literatura argentina y política - De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista (1995)

Premios
Premio Gerchunoff (1957)
Premio Nacional de Literatura (1962) y (1971)
Premio Nacional de Teatro (1972)
Premio Nacional de la Crítica



FUENTE: WIKIPEDIA

David Viñas, un intelectual irreverente (Trailer)

sábado, 12 de marzo de 2011

en busca de sentido




"(...) La búsqueda por parte del hombre del sentido de su vida constituye una fuerza primaria y no una "racionalización secundaria" de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico, en cuanto es uno mismo y uno solo quien ha de encontrarlos; unicamente así el hombre alcanza un fin que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos autores sostienen que el sentido y los valores no son más que "mecanismos de defensa", "formaciones reactivas" o "sublimaciones". Por lo que a mí respecta, yo no desearía vivir simplemente como carnaza de mis mecanismos de defensa, ni me sentiría inclinado a morir por mis "formaciones reactivas". El hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus ideales y valores!
(...) Naturalmente, en muchos casos, para ocultar sus conflictos internos, algunas personas insisten en levantar un velo enarbolando los principios morales como motor de conducta; pero aún siendo eso cierto, representarán una excepción a la regla, y no la mayoría. Y en estos casos, además, la interpretación psicoanalítica se justifica como el pretexto de analizar la dinámica inconsciente que les sirve de base para esos comportamientos. En realidad no son sino seudovalores que sencillamente se precisa desenmascarar (buena muestra de ello es el tipo fanático). Ahora bien, el desenmascaramiento o la desmistificación debe abstenerse _sin ahondar más_ en el mismo instante en que el psiquiatra tropiece con algún valor auténtico y genuino; por ejemplo, el deseo de una vida repleta de sentido. Si al alcanzar alguno de estos valores, el psiquiatra no suspendiera sus intentos de desenmascaramiento actuaría según sus principios a priori psicoanalíticos, y no en función de las necesidades del paciente, menospreciando con ello las aspiraciones genuinas del hombre, aquello que es genuinamente humano.
Hemos de estar en guardia contra la tendencia a calificar los principios morales como una simple expresión del hombre. Pues logos o "sentido" no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino que se presenta frente a esa misma existencia. Si ese sentido que espera ser consumado por el hombre no fuese otra cosa que la expresión de sí mismo, o nada más que la proyección de un espejismo, perdería de inmediato su carácter de exigencia y desafío; resultaría ineficaz para motivar o rtesponsabilizar al hombre. Esta argumentación se arguye tanto en lo referente a la sublimación de los impulsos instintivos, cuanto a lo que C.G. Jung denomina "arquetipos" del "inconsciente colectivo" (...)."

viktor frankl, viena 1905-1997, padeció en un campo de concentración nazi y logró sobrevivirle

fragmento de "el hombre en busca de sentido", barcelona, ed. herder, 2004,traducción christine kopplhuber y gabriel insausti herrero

lunes, 7 de marzo de 2011

simone de beauvoir en "el segundo sexo", publicado por primera vez,creo, en 1949



"La teoría del materialismo histórico ha sacado a la luz verdades importantísimas. La Humanidad no es una especie animal: es una realidad histórica. La sociedad humana es una antífisis: no sufre pasivamente la presencia de la Naturaleza, la toma por su cuenta. Esta recuperación no es una operación interior y subjetiva, sino que se efectúa objetivamente en la praxi. De este modo, no podría ser considerada la mujer, simplemente, como un organismo sexuado; entre los datos biológicos, sólo tiene importancia aquellos que adquieren en la acción un valor concreto; la conciencia que la mujer adquiere de sí misma no está definida por su sola sexualidad: refleja una situación que depende de la estructura económica de la sociedad, estructura que traduce el grado de evolución técnica alcanzada por la Humanidad. Hemos visto que, biologicamente, los dos rasgos esenciales que caracterizan a la mujer son los siguientes: su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre; está más estrechamente esclavizada a la especie. Pero estos hechos adquieren un valor completamente diferente según el contexto económico y social. En la historia humana, la aprehensión del mundo no se define jamás con el cuerpo desnudo: la mano, con su pulgar aprehensor, ya se supera hacia el instrumento que multiplica su poder; desde los más antiguos documentos de la Historia, el hombre siempre se nos presenta armado. En los tiempos en que se trataba de blandir pesadas clavas, la debilidad física de la mujer constituía una flagrante inferioridad: basta que el instrumento exija una fuerza ligeramente superior a la que ella dispone para que aparezca radicalmente impotente. (...)



de simone de beauvoir, francesa, 1908-1986
fragmento de "el segundo sexo" (le deuxieme sexe), bs.as., 2008, editorial sudamericana
traducción juan garcía puente